La historia de Santa Rita de Casia
La Santa de los Imposibles — una vida entera entregada a Dios
La Santa de los Imposibles
El pueblo cristiano ha llamado a Santa Rita con el título de "la Santa de los Imposibles". Este título, que en apariencia podría parecer exagerado, tiene su fundamento en las gracias extraordinarias atribuidas a su intercesión y en los milagros que encontramos a cada paso en su vida. Acudir a Santa Rita es acudir a quien sabe lo que es el sufrimiento, el rechazo y la perseverancia — y que desde el cielo intercede por quienes ya no saben a dónde más recurrir.
Un nacimiento rodeado de prodigios
En la pequeña aldea de Rocca-Porrena, cerca de Casia, en el norte de Italia, vivían Antonio Mancini y Amada Ferri. Este matrimonio piadoso sentía en el alma el dolor de no tener hijos. Rezaron con fe y sus oraciones fueron escuchadas: el 22 de mayo de 1381 nació Rita — el mismo día en que moriría setenta y seis años después.
Desde el principio su vida estuvo rodeada de señales. Una luz extraña la envolvía a veces mientras dormía en su cuna, y enjambres de abejas blancas zumbaban a su alrededor sin hacerle daño. Un ángel había anunciado a su madre anciana: "Tendrás una niña. La llamarás Rita." Los padres, asombrados, trataban de comprender los designios de Dios sobre esta niña privilegiada.
La infancia y el amor al Crucifijo
Sus cualidades naturales y su inclinación a la piedad facilitaron su educación. Para ella, como para San Francisco de Asís, todas las cosas tenían una voz y le hablaban de Dios. Su madre, mujer de sólidas virtudes cristianas, trató de inspirarle la devoción a la Pasión del Señor — y sus palabras caían en el corazón de Rita como gotas de fuego.
Desde entonces el Crucifijo se convirtió en la prenda más querida de su corazón. Con el permiso de sus padres convirtió su cuartito en un pequeño oratorio, construyó un Calvario con una gran cruz, y allí pasaba largo tiempo en oración y meditación. Esta devoción la acompañaría toda su vida.
El matrimonio forzado
Cuando Rita llegó a la edad de elegir su camino, todas sus preferencias eran por la vida religiosa. Pero sus padres, siguiendo la costumbre de la época, decidieron casarla. Rita, niña obediente, vio en la voluntad de sus padres la voluntad de Dios, agachó la cabeza, enjugó una lágrima y dijo: "Se cumpla la voluntad de Dios."
Tenía 18 años cuando se presentó ante el altar para prometer fidelidad eterna a Pablo Fernando, joven de buena familia pero de costumbres violentas, entregado al juego y al vicio. La nueva vida matrimonial fue para Rita un continuo martirio. Durante 18 años soportó con dulzura y paciencia las afrentas de su esposo, sin rebelarse jamás, oponiéndole siempre su ternura y sus finas atenciones.
Y al cabo de esos largos años, lo que parecía imposible ocurrió: Pablo Fernando se convirtió. Pidió perdón a Rita por todo el mal que le había causado, y desde entonces comenzó a quererla y tratarla como merecía.
La tragedia y el perdón heroico
Pero Dios quiso que Rita no pudiera saborear largamente esa paz. Un día llegó la terrible noticia: Pablo Fernando había sido asesinado. Rita no preguntó quién ni por qué. Solo un pensamiento la preocupaba: su esposo había muerto sin sacramentos, sin preparación. ¿Se habría salvado? Multiplicó sus oraciones y penitencias, hizo celebrar misas, y no tuvo paz hasta que el Señor le dio una señal de que su esposo estaba salvo en el cielo.
Le quedaban dos hijos mellizos ya grandecitos. Pero con sumo dolor veía estallar en ellos sentimientos de venganza contra el asesino de su padre. Rita los llamó a sentimientos más cristianos, pero viendo inútiles sus esfuerzos, hizo a Dios esta oración heroica: "Dios mío, antes de verlos asesinos, prefiero verlos muertos." La oración fue escuchada: uno tras otro, en el mismo año, murieron de una extraña enfermedad, reconciliados con Dios.
La entrada milagrosa al convento
Quedando sola en el mundo, Rita sintió despertar nuevamente su antiguo deseo de consagrarse a Dios. Fue a golpear las puertas del convento de las Hermanas Agustinas de Casía. La rechazaron — tratándose de una viuda, la regla no lo permitía. Volvió dos veces más. Siempre en vano.
Entonces se resignó y pensó llevar en su propia casa una vida de oración y penitencia. Una noche, estando entregada a la oración, se le aparecieron los tres santos de quienes era particularmente devota: San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino. Le dijeron con dulzura: "Ven, oh Rita amada, pues es tiempo que entres al convento del que has sido tantas veces rechazada." Y ellos mismos la condujeron por caminos desconocidos y la introdujeron dentro del convento.
Las hermanas quedaron sorprendidas. Conocido el prodigio, la admitieron por unanimidad. Así Rita, después de haber sido hija, esposa, madre y viuda ejemplar, se hizo monja Agustina.
La espina en la frente
En el convento, el amor de Rita a Jesús crucificado fue creciendo en intensidad hasta que nació en su corazón el deseo de participar de los sufrimientos del Señor. Durante la Cuaresma de 1443 fue a escuchar las palabras de un santo predicador que hablaba de la Pasión. Las palabras la impresionaron de tal manera que, volviendo al monasterio, pasó la noche llorando y pidiendo al Señor que la hiciera partícipe de sus dolores.
El Señor cumplió sus deseos: de la frente de Jesús en el crucifijo se desprendió una espina que, como una flecha, se clavó en la frente de Rita, produciéndole una herida sangrienta que luego se convirtió en una llaga que nunca se cerró. Rita la llevó durante el resto de su vida como un signo de su unión con la Pasión de Cristo.
Los milagros de la rosa y los higos
Durante sus últimos años, enferma y recluida en su celda, Dios quiso manifestar su santidad con numerosos prodigios. Un día le pidió a una parienta que fuera a su antigua casa de Rocca-Porrena y le trajera una rosa. Era pleno invierno. Los presentes tomaron sus palabras como delirio de enferma. Pero la parienta fue al jardín cubierto de nieve — y en el medio encontró una fresca rosa. La llevó a Santa Rita, que la recibió con alegría.
Otra vez le pidió unos higos de su huerta. La parienta fue a la higuera que, arrimada a la pared, parecía muerta de frío — sin hojas, sin vida. Pero una rama, en contraste con las otras, estaba verde y tenía unos higos bien maduros. Los llevó a la Santa, que comió algunos y repartió los otros entre los presentes.
La muerte santa
Una enfermedad desconocida la obligó a guardar cama durante cuatro años, en medio de indecibles dolores. Pero la alegría no dejó nunca de brillar en su rostro. Acercándose los últimos instantes, fue confortada con la visita del Señor, de la Virgen y de los Ángeles, quienes acompañaron su alma al cielo el 22 de mayo de 1457 — el mismo día en que había nacido 76 años antes.
Los milagros se multiplicaron de inmediato. Las campanas de Casía se echaron a vuelo espontáneamente. El rostro de la Santa, deformado por la enfermedad y la penitencia, floreció nuevamente. La llaga de la frente comenzó a exhalar un perfume celestial. En pocos días, doce personas consiguieron la curación instantánea de sus enfermedades tocando el cuerpo de la Santa. Su cuerpo se conserva todavía incorrupto en Casia.
La devoción a Santa Rita
La devoción a Santa Rita se extendió por todo el mundo católico. El pueblo cristiano comenzó a venerarla antes incluso de que la Iglesia la canonizara oficialmente — fue beatificada en 1628 y declarada santa en 1900. Desde entonces su culto se propagó rápidamente por todos los continentes.
Su fiesta el 22 de mayo convoca a miles de fieles que acuden a pedirle por sus causas imposibles — enfermedades sin cura, relaciones rotas, situaciones sin salida. La rosa es su símbolo más conocido: llevar una rosa a bendecir el día de su fiesta es una tradición viva en muchas familias católicas de todo el mundo.
"Santa Rita, Santa Rita, lo que no puede ser, haz que sea."— Oración popular a Santa Rita
Santa Rita de Casia, abogada de los imposibles, intercede por todos los que hoy no encuentran salida.
Santa Rita, ruega por nosotros.