Salve

Salve

La oración con la que la Iglesia se despide cada día encomendándose a María

Dios te salve, Reina y Madre,
Madre de Misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve.

A ti llamamos los desterrados hijos de Eva,
a ti suspiramos gimiendo y llorando
en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos;
y después de este destierro,
muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.

¡Oh clementísima, oh piadosa,
oh dulce Virgen María!

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar
las promesas y gracias de Nuestro Señor Jesucristo.

Amén.

 

Historia de la Salve

La Salve, también conocida como Salve Regina — su nombre en latín — es una de las oraciones marianas más antiguas de la Iglesia. Su origen se remonta al siglo XI, aunque hay cierta discusión entre los historiadores sobre quién la compuso exactamente. La tradición más extendida la atribuye a San Bernardo de Claraval, el gran Doctor de la Iglesia que tenía una devoción mariana profundísima. Otros la atribuyen a Hermano Pedro de Montboissier.

Lo que sí es cierto es que desde el siglo XII se extendió por toda la Iglesia de Occidente con una rapidez asombrosa. Los marineros la rezaban al caer la tarde mirando el mar. Los monjes la cantaban al terminar el día. Los cruzados la elevaban antes de las batallas. Con el tiempo se convirtió en la oración con la que la Iglesia cierra cada jornada, encomendándose a María.

Hoy forma parte de la Liturgia de las Horas y se reza al final del Rosario en todo el mundo.

Qué significa cada parte

"Dios te salve, Reina y Madre, Madre de Misericordia"

El saludo inicial une dos títulos que parecen opuestos: Reina y Madre. En María no hay distancia ni poder que intimide — es Reina, sí, pero sobre todo Madre. Y su reino es el de la misericordia, no el del poder.

"vida, dulzura y esperanza nuestra"

Tres palabras que dicen todo. María no es la fuente de la vida — eso es Dios. Pero ella nos llevó a Jesús que es la Vida. Es dulzura porque en ella no hay dureza ni rechazo. Y es esperanza porque señala hacia adelante, hacia el cielo que nos espera.

"los desterrados hijos de Eva"

Una imagen hermosa y dolorosa a la vez. Somos desterrados — lejos del paraíso original, caminando en un mundo que no es todavía nuestra patria definitiva. Hijos de Eva, la que pecó. Pero María es la nueva Eva, la que dijo sí donde la primera dijo no.

"en este valle de lágrimas"

La vida tiene mucho de valle — momentos oscuros, sufrimientos, pérdidas. La Salve no los niega ni los embellece. Los nombra con honestidad. Y desde ese valle, levantamos los ojos hacia María.

"Señora abogada nuestra"

Abogada en el sentido más profundo: la que intercede, la que habla por nosotros ante Dios. Como en Caná, cuando le dijo a Jesús "no tienen vino" sin esperar que le pidieran, María intercede por sus hijos antes de que sepamos cómo pedir.

"vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos"

Una de las frases más conmovedoras de toda la oración mariana. No pedimos que María nos mire porque estemos bien — le pedimos que nos mire precisamente porque no lo estamos. Sus ojos misericordiosos no juzgan: consuelan.

"después de este destierro, muéstranos a Jesús"

El destino final no es María — es Jesús. María siempre apunta hacia su Hijo. Le pedimos que cuando terminemos este camino terreno, nos lleve de la mano ante Él. Es la oración de una buena muerte.

"fruto bendito de tu vientre"

Las mismas palabras del Avemaría. Un eco que une las dos oraciones más queridas del pueblo católico. Jesús es fruto bendito — el mejor fruto que la humanidad haya dado jamás, nacido del vientre de María.

"¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!"

El corazón de la Salve. Tres exclamaciones que se van intensificando. Clementísima — llena de clemencia, que no castiga sino perdona. Piadosa — que siente compasión por nuestro dolor. Dulce — que en ella no hay aspereza, solo ternura.

"para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo"

El final es sobrio y claro. No le pedimos a la Virgen María riquezas ni éxito. Le pedimos lo único que importa: ser dignos de lo que Jesús prometió — la vida eterna, el cielo, la resurrección.

 

"La Salve es el suspiro de la Iglesia peregrina que clama a su Madre desde el valle de este mundo."— San Bernardo de Claraval

 

María, Reina y Madre, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.

¡Viva María!

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